Europa a partir del siglo VIII, sigue siendo una sociedad básicamente agrícola. La tierra constituye la única fuente de riqueza y poder. Así, surge un nuevo modelo, el feudalismo, que es la traducción política de este hecho económico. Este sistema tendrá variaciones según la zona en la que se implante y no llegará a ser uniforme en toda Europa. Con tasas de crecimiento cercanas a cero, los salarios dependían ampliamente de la cantidad de mano de obra disponible.

Las monarquías autoritarias irán dando forma a los estados modernos. Y el aumento de la prosperidad económica será lo que permita a los reyes crear un ejército profesional y una administración cada vez más compleja.

Por otro lado, en los primeros siglos de la Edad Media, los valores predominantes en Europa dejaban de lado la expansión comercial e industrial, y favorecían, todo lo ligado a la adoración a Dios, lo cual justifica, desde un plano general, el poco desarrollo económico.

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A pesar del marcado carácter agrícola a medida que pasa el tiempo las ciudades empezarán a tener mucha importancia. La ciudad medieval es una ciudad amurallada que aparece como lugar cerrado dentro del paisaje agrícola y forestal, sirviendo de fortaleza defensiva y refugio de sus habitantes y campesinos del entorno, a la vez que constituye el mercado del área de influencia.

Se forman los burgos, que es donde tiene lugar el surgimiento de actividades distintas a las agrícolas, las que favorecen el florecimiento de una economía monetaria y la especialización de los trabajos, constituyendo un marco heterogéneo donde el hombre rural se libera de sus dependencias ancestrales gracias al anonimato y a las posibilidades que ofrece la ciudad como centro de producción de los distintos saberes de la época.

La expansión demográfica, el excedente de los productos del campo y la mayor especialización en el trabajo, son los factores que explican suficientemente en muchos casos el desarrollo de las ciudades. La ciudad medieval se define ante todo por su función económica.

La conquista de libertades exige una acción tenaz por parte de sus habitantes, unidos en movimientos comunales. Los reyes a cambio de su apoyo, les concedieron privilegios y libertades, es decir, derechos frente al poder de los señores feudales, pero con el tiempo quedarán en manos de las familias más ricas y de los gremios.

En Italia las comunas eran tan poderosas que acabaron convirtiéndose en repúblicas independientes como Venecia o Génova. En la Península Ibérica o Inglaterra, las comunas fueron las más fieles aliadas de la monarquía para afianzarse sobre la nobleza. Los representantes de las ciudades, los procuradores, participaban en las asambleas cuando se trataba del gobierno del reino.

En las ciudades se desarrolla una importante actividad artesanal, nacen así las corporaciones de oficios. Los comerciantes y los artesanos establecidos en las ciudades de la Edad Media se asociaron, constituyendo comunidades de oficio que perduraron hasta fines del Antiguo Régimen.

Las florecientes ciudades del norte de Italia, la industria de Flandes y la Hansa germánica eran los polos de un intenso tráfico de productos en la Europa del siglo XIII. La importancia de las ferias, como las de Champagne, se debe a la política llevada a cabo por los condes, otorgando privilegios excepcionales a los mercaderes que allí acudieran. Los artículos que allí se negociaban eran los paños procedentes de las industrias flamencas, la seda y las especies. Aunque con el tiempo, fue la apertura de la ruta marítima entre Italia y Flandes, la atracción fue creciendo por París y el auge de Brujas.

Las universidades juegarán un papel destacado en el desarrollo de la cultura que se refleja en las ciudades, sobre todo en los conjuntos urbanos que aparecen junto a ellas.

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El feudalismo tuvo su apogeo en Europa entre los siglos X al XIII lo que puede denominarse como feudalismo clásico, pero comenzó a desarrollarse en los siglos anteriores y persistió aún durante los siglos XIV al XV.

El feudalismo era un sistema institucional que establece una relación de dependencia entre señor y vasallo, relación de base jurídica y militar y que afecta a las clases dirigentes, constituidas por hombres libres. Se establecía una obligación de fidelidad por parte de un hombre libre hacia otro, de su misma clase, pero de jerarquía superior, que era “señor” del primero. Por su parte, el señor otorgaba un beneficio al vasallo, denominado feudo, generalmente consistía en tierras.

El principal símbolo del poder del señor era el castillo, o, en el caso de la Iglesia, los monasterios, catedrales y edificios eclesiásticos. Al principio, el permiso para la construcción del castillo lo otorgaba el rey, pero poco a poco llegaron a edificarse por la simple voluntad del señor, sin que mediara de hecho la intervención real. Estos castillos eran el símbolo del poder y, a la vez, centros de administración de justicia, de recogida de tributos y rentas, almacenes de víveres, residencia de los señores, refugios para los habitantes de la zona, lugar de prestación de homenajes.

La relación económica fue evolucionando progresivamente. El pago de dinero era menor; pero a partir de los siglos XI y XII éste comenzó a cobrar importancia, debido al aumento del comercio y la venta de productos manufacturados que empezaban a circular en las ciudades y de los que los señores deseaban proveerse. Las rentas, no se limitaban a las obligaciones contraídas por la tierra, sino al pago de impuestos, censos, etc., que se derivaban de los diferentes poderes, sobre todo judiciales, fiscales y militares que tenían los señores. Una de las más características fue la del diezmo, es decir la contribución de los fieles a la Iglesia con la décima parte de sus bienes.

La economía feudal se concentraba en la explotación de la tierra de cada feudo. La vida de éste se sostenía con el producto que se obtenía de la tierra y el trabajo de los siervos. Con parte de esta producción pagaban los impuestos al señor feudal. Sin embargo, en ocasiones la producción no era abundante, debi­do al atraso en la fabricación de herramientas y en las técnicas de cultivo.

El comercio internacional se desarrollaba desde el este hacia el oeste. Las exportaciones de China y la India eran llevadas a los puertos del Golfo de Persia y del Mar Rojo. De ahí las caravanas de camellos y caballos partían a Alejandría en Egipto o a los puertos de San Juan de Acre y de Jafa en Palestina. Allí las mercaderías eran cargadas en los barcos y llevadas a las ciudades del norte de Italia, a Venecia, Génova y Florencia.

Un segundo sistema de comercio internacional se desarrolló en los mares del norte. Lana inglesa y paños flamencos eran llevados en barco por el Mar del Norte y el Mar Báltico a los puertos escandinavos y bálticos donde eran intercambiados por cueros, pieles, granos y madera.

En el siglo VIII, cuando los musulmanes bloquearon el mar Mediterráneo, la principal ruta comercial de Europa, el intercambio mercantil y la circulación en Europa se restringieron al grado más bajo que podían alcanzar.

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